jueves, septiembre 23, 2021

El Estado proxeneta

El blues, hombres tristes y mujeres alegres 


Siempre se ha dicho que Nueva Orleáns, en Luisiana, es la menos americana de todas las ciudades americanas, pues, en ella, están mezcladas a perpetuidad cinco culturas, como tara genética o maldición atávica, de forma tan intrincada e indivisible, que cualquier definición de mestizaje o sincretismo es insuficiente para entender el proceso de integración de lo africano, lo español, lo francés, lo inglés y lo propiamente nativo norteamericano. Nueva Orleáns fue efectivamente el epicentro donde, durante generaciones, se produjo el enfrentamiento cultural de cinco mundos.

Cuando Francia lo reclamó como suyo, bajo Luis XIV, en su honor, ese territorio, antes formando parte del Virreinato de Nueva España, fue bautizado como Luisiana. A partir de entonces, motivado por las "espurias" relaciones interraciales entre franceses y mujeres indígenas en la Nueva Francia, posteriormente llamada Canadá, Luis XIV envió a Nueva Orleáns un contingente de 80 prostitutas, reclutadas entre las prisioneras de la infame cárcel de mujeres en que se había convertido el hospicio de Salpêtrière. Esta práctica fue seguida por Luis XV y, a partir de allí, el camino para llegar a ser la “Sodoma del sur” solo habría que recorrerlo con el transcurso de los años. En Luisiana, a diferencia del resto de los que serían los Estados Unidos de Norteamérica, la prostitución, no solo no era un delito, sino, era una actividad legítima, tutelada y patrocinada por el Estado proxeneta.

Al establecerse el bonapartismo, por necesidades económicas, en época posterior a la independencia norteamericana, Luisiana fue vendida a los Estados Unidos y su enorme territorio dividido entre varios estados. Sin embargo, esta adquisición incluía, tácita pero inevitablemente, todas las costumbres, cultura y modos de vida generacionales, entre ellos, la prostitución y demás vicios coetáneos que, junto a ella, definieron a Nueva Orleáns durante todo el siglo XIX, período en el cual dos eventos más dejarían sus marcas en la ya complicada escena de la ciudad: la guerra civil y la liberación de los esclavos.

Yo, Charles “Buddy” Bolden, vine al mundo en 1877 y, como protagonista primigenio, conozco muy bien todos estos hechos.  Nací negro criollo, como nos llamaban a los negros con ascendencia europea, para diferenciarnos de los libertos, de origen afroamericano. Nosotros teníamos una educación distinta, formal, incluyendo la musical, poseíamos medianos recursos y vivíamos cerca del viejo fuerte español. Los libertos no tenían educación ni recursos, no conocían teoría y solfeo, cantaban pegando gritos y vivían cerca del cementerio viejo, en un gueto llamado “Barrio Perdido”. Para sobrevivir, los libertos cantaban los fines de semana en las plazas y en las calles, mientras a nosotros nos contrataban para excursiones, fiestas, desfiles de carnaval y funerales.

Hacia finales del siglo XIX, cuando yo estaba por cumplir veinte años, la ciudad recordaba los últimos días del antiguo Imperio Romano, con la inmoralidad caminando por las calles, la prostitución y el crimen eran alarmantes, la usura, el alcohol y los juegos llevaban a la quiebra a cualquiera, mientras el municipio carecía de fondos para atender a estas Sodoma y Gomorra redivivas. Tratando de resolver el asunto fiscal, el concejal Sidney Story presentó un proyecto de ordenanza que permitiría obtener recursos al municipio a partir de la prostitución, una actividad inocultable, consuetudinaria y consentida por buena parte de la sociedad. Esto, además, serviría para ejercer un mejor y mayor control a dicha actividad. Mediante esta ordenanza, se creaba una zona de tolerancia o zona roja, con dieciséis cuadras de prostíbulos, luego veinticinco, que no tardaron mucho en convertirse en más de sesenta cuadras, donde la prostitución se practicaba las veinticuatro horas, durante todos los días del año.

La abundancia de lupanares y la fuerte competencia hacen que inmediatamente surjan elementos distintivos y otras ofertas, como salones de bailes, donde entraban nuevos protagonistas, entre ellos, los músicos, al principio, fundamentalmente blancos y negros criollos, generalmente complaciendo peticiones de estilos musicales muy variados. Bajo ese esquema, el negro liberto, quien era al mismo tiempo el músico proletario, solo tenía sus blues y cantos de trabajos, nada apropiados para un prostíbulo. No le queda alternativa, sino tratar de imitar al blanco o al criollo, procurando ser contratado. Haciendo “arreglos” de lo que ellos conocían y escuchaban, se produce un momento mágico, pues tratando de parecerse al blanco o al criollo, siempre terminaban cantando sus blues, imprimiéndole a la “versión” sus propios acentos, atrapando a quienes los escuchaban. La franqueza, fuerza y honestidad del músico pobre se impusieron frente a los músicos complacientes, pues, mientras los blancos y los criollos solo sabían cantar con la mente, el liberto siempre cantó con el alma. Se invertirían así los papeles, los músicos blancos y los criollos, en los burdeles de Nueva Orleáns, intentarían imitar a los miserables de “Barrio Perdido”, dando nacimiento al jazz que, por definición, es blues más instrumentos europeos.

En este proceso, los músicos negros se hacen chulos de las prostitutas y ellas se convierten en sus musas, estableciéndose un maridaje, sin el cual jamás hubiera evolucionado el blues ni nacido el jazz. Nada de esto fue gratuito, el precio a pagar fue muy costoso. Muchos músicos, como yo, aunque influyentes entre las nuevas generaciones, terminaríamos nuestros días prematuramente, esquizofrénicos y dementes, pues bebíamos mucho y dormíamos poco o, incluso, sucumbíamos al estrés de tener que innovar por la competencia que se formó entre nosotros. Yo fui el primero en llamar jass esta música, pero Clarence Williams y Jelly Roll Morton también se adjudicaban la paternidad. Quizá haya quedado sin resolver este enigma histórico, pero es inobjetable que sus madres fueron las prostitutas y que el boogie-woogie y el jazz nacieron en los burdeles de Nueva Orleáns, esos legatarios de Luis XIV y su Estado proxeneta, instaurado en América en el siglo XVII. Hacia 1917, todo parecía igual que veinte años atrás, tal vez peor, por lo que Storyville, la zona roja del blues, tuvo que ser clausurada definitivamente, aunque el blues y la prostitución seguirían vivos con los hombres tristes y las mujeres alegres.