jueves, septiembre 23, 2021

Mi propia historia

Yo, Simón Bolívar, en Bilbao



Teniendo apenas tres años, perdí a mi padre, quizá, no el mejor ejemplo que podría tener en mi vida, pero mi padre, en definitiva. Cuatro hermanos, siendo yo el menor, quedábamos bajo el cuidado de una madre enferma, tanto que ni siquiera pudo amamantarme. Ella estaba para ser cuidada, por lo que, a la temprana edad de nueve años, también quedé huérfano de madre. Esa orfandad traería otros problemas: inestabilidad familiar, rebeldía juvenil, carácter arrogante, libertinaje y una educación tardía, producto de la diversidad de tutores y preceptores con quienes me tocó lidiar, como heredero de una de las familias más acaudaladas de Hispanoamérica.

Luego de pasar por maestros muy ilustres, tres tutores y ser parte de un proceso judicial familiar, me convertí en un adolescente insoportable, por lo que, para tratar de contenerme, me enviaron a España, con apenas quince años. Allí, mi primer contacto fue con Bilbao, en el Señorío de Vizcaya, tierra de mis ancestros. Bilbao produjo en mí dos impresiones totalmente opuestas. La primera, como recién llegado, muy lúgubre, al internarme en la búsqueda del pueblito Bolíbar (sic) y quedar herido mi orgullo aristocrático por la pobreza y desolación, retratadas por un viejo molino y unas casuchas como único paisaje, tan contrastante y opuesto con lo que mi familia me había contado y dibujado. No tuve otra alternativa, sino salir, casi huyendo, hacia Madrid, esa ciudad cortesana de 1799 donde María Luisa dictaba la pauta y donde, probablemente, me esperaban otras opciones.

Tras una vida palaciega junto a mi tío Esteban, al año siguiente conocí a María Teresa, a quien propuse matrimonio, pues había en Caracas un mayorazgo, esperando que yo cumpliera ciertas condiciones. Mi propuesta horrorizó a mi futuro suegro, por lo que, para separarnos, decidió mudarse con ella a Bilbao, ese lugar que tanto hirió mi orgullo, en mi primer contacto con el mundo, más allá de la Caracas mantuana. Bilbao, por esos días, había dejado de ser el gran eje comercial y de inversiones extranjeras que otrora había sido. En 1801, al contrario, existían muchos juicios contra empresas extranjeras y, siendo tiempos napoleónicos, lo francés despertaba muchos prejuicios. En general, lo foráneo causaba animadversión, los extranjeros no eran bienvenidos y yo, español, pero de las Indias, era allí otro extraño. A pesar de todas estas circunstancias, los hechos me conducirían a mi segunda impresión de Bilbao.

Esta segunda visita a Bilbao fue forzada tanto por razones políticas como sentimentales. Mi tío Esteban, como parte del entorno de Manuel Mallo, y yo, por relación familiar, nos habíamos convertido en objetivos de María Luisa. No sentí miedo, el amor que María Teresa despertaba en mí, o mi interés en casarme con ella, superaba todo. Fue esto lo que me obligó a volver a Bilbao. Allí, como adolescente, simultáneamente, viví dos tipos de amor, uno platónico y otro crudamente carnal, con dos mujeres distintas, aunque nunca reconocí haber traicionado a María Teresa, esta, con quien ya me encontraba comprometido en matrimonio. Bilbao adquiría para mí otra perspectiva, las experiencias vividas allí comenzaban a prepararme para mi futuro, como político y como hombre.

En Bilbao, siguiendo a María Teresa, conocí a Teresa, una francesa que, como muchos otros galos, llegó huyendo del terror sembrado por Napoleón, cuando las promesas fallidas de “libertad, igualdad y fraternidad” transmutaron una monarquía absoluta en un personalismo déspota y ambicioso. Teresa, unos diez años mayor que yo, era hija de Jean Laisney, funcionario del rey, secretario de la Oficina de Gestión de Tropas, linchado por la multitud enardecida, en Isla de Francia, a raíz de los sucesos del 14 de julio de 1789, tras lo cual, su familia, incluyéndola, comenzó a ser perseguida y diezmada. Teresa no era casada, aunque Mariano Tristán y Moscoso la pretendía. Teresa y yo nos enamoramos y amamos intensamente, como solo un adolescente de dieciocho años, nacido en el trópico, y una ardiente francesa, cerca de los treinta, podían hacerlo. Con ella perdí mi virginidad varias veces, pues cada ocasión parecía una experiencia nueva, a la vez que más voluptuosa. Hasta ese momento de mi atormentada corta vida, siendo huérfano, criado por esclavas y con tutores muy severos, aunque ya comprometido con una mujer noble, ninguna otra fémina había proporcionado tanto placer a mis sentidos y tanto sentido a mi existencia, como me los dio Teresa, para quien yo fui su “niño Simón” de Bilbao.

Aunque Mariano Tristán y Moscoso seguía pretendiéndola, ella, igual que yo, por razones distintas, necesitaba casarse, en su caso, tratando de poner fin a su persecución. Sin embargo, casarse era lo único que no podía ofrecerle Mariano, de origen español, nacido en Perú, dada su condición de militar, sometido a dispensa matrimonial del rey, además de lo sospechoso que, en ese momento, habría resultado a un español casarse con una francesa, pues la Revolución Francesa era mal vista por Carlos IV y María Luisa. Así que, en lugar de amancebarse con un cuarentón sin ninguna ventaja, Teresa prefirió seguir conmigo y me convenció de irnos a vivir a París, hacia donde salimos a comienzos de 1802, luego de que yo hube otorgado poder a mi tío, para casarme por representación con María Teresa Rodríguez.

En París, lejos de las miradas de Mariano y de los allegados a los Rodríguez del Toro, Teresa y yo aumentamos las llamaradas pasionales, temiendo morir abrasados por ellas y sus demonios. Solo el compromiso y mi interés matrimonial con María Teresa, sin lo cual yo no accedería a los bienes del mayorazgo, pudieron hacerme cambiar la decisión de casarme por poder y, en su lugar, regresar a Madrid para la boda presencial, dejando en París el corazón herido y traicionado de la primera mujer que me enseñó la ruta de la pasión sexual, esa pasión que, como hierro candente, quema y marca a perpetuidad uno de los instintos animales más básicos. Gracias a ella, una refugiada de la Revolución Francesa, Bilbao siempre iría a estar entre mis mejores recuerdos.